domingo, 17 de mayo de 2009

La participación de todos, una clave del buen desarrollo de una Pequeña Comunidad



Cuando nos integramos a una Pequeña Comunidad hay una serie de condiciones nuevas que representan retos para alcanzar no solo una buena convivencia, sino además un progresivo crecimiento personal y maduración de la fe. Entre los principales retos encontramos:

  • Lograr una rápida integración humana al grupo de personas que conforman la comunidad, en la que regularmente hay una amplia diversidad de características en sus integrantes, tales como la edad, la estructura familiar de la cual procede (algunos son casados, otros viudos y otros solteros), las experiencias previas de vida, tanto en lo espiritual como en lo ocupacional. Es una muestra en pequeño de lo que se encuentra en grande en la sociedad en general. Todo ello plantea el desarrollo de habilidades para construir relaciones interpersonales positivas y de apoyo mutuo.

  • Tomar una decisión personal para hacer parte de un grupo de personas que comparten una misma esperanza, una misma fe, una misma Iglesia y una fuente principal de inspiración: La Palabra de Dios y el Magisterio de la Iglesia Católica.

  • Poner al servicio de la Comunidad habilidades personales de la buena escucha de los otros, del respeto por sus ideas, por su manera de ser y entender el disenso no como una ocasión de disgustos, sino como una oportunidad de la búsqueda conjunta de la verdad a la luz de la Palabra de Dios.

  • Promover la participación de todos los miembros de la Pequeña Comunidad en los temas que integran cada reunión semanal: oración, alabanza, lectura y discernimiento de la Palabra, formación catequética, edificación espiritual y solidaridad. No es preciso que absolutamente todos los miembros hablen en todos los temas de la reunión. Pero si debe promoverse que quienes quieran expresar algo... lo puedan hacer y la comunidad los escuche. Las intervenciones deben ser en lo posible cortas y precisas, para que la hora y media de reunión no se consuma en la participación de unos pocos. Quien no se siente escuchado y tomado en cuenta puede llegar a abandonar su comunidad. Los responsables de cada una de ellas deben ser muy cuidadosos de esto.

  • Aun cuando al inicio parezca un objetivo difícil, es necesario abrirnos mental y espiritualmente a la acción de Dios en nosotros, para aprender a ver en el otro la presencia de Jesús e ir descubriendo una nueva relación bajo la orientación de la fe, la esperanza y la caridad, lo que en un plazo relativamente corto nos conduce al amor fraterno. Con la ayuda del Espíritu Santo esto es realmente posible. Recordemos 1 Cor. 13, 4-7 "tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia ni ser presumido ni orgulloso, ni grosero ni egoista; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad. Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo".

  • Abrir nuestra sensibilidad para aprender a percibir y degustar lo invisible a nuestros ojos, para no vivir esclavos del mundo material que nos rodea y que frecuentemente nos aleja de nuestra relación con Dios. Educar esta sensibilidad nos permite aprender a "ver" con los ojos de la fe, descubrir los pasos de Jesús a nuestro alrededor y su amorosa compañía en todos los momentos de nuestra vida, lo cual finalmente produce claros efectos en el mundo visible. Todos nuestros hermanos de Comunidad están para ayudarnos a edificar esa fe y mostrarnos el rostro de Jesús en ellos!. ¡Bendito Dios que nos regala una Comunidad para hacer parte de ella y como instrumento de salvación!.