domingo, 26 de mayo de 2013

Reflexiones sobre el Plan de Evangelización Arquidiocesano

Cuando en marzo 15 de 2011 el Sr. Arzobispo de Bogotá, Monseñor Rubén Salazar, presentó por primera vez al Presbiterio de Bogotá los objetivos y criterios generales para la construcción del nuevo Plan de Evangelización, acompañando tal hecho de la publicación del documento titulado “Convocación” en el cual se presentó de manera amplia lo que íbamos a hacer, definiendo tres momentos del proceso: la convocación misma, la construcción del Plan Global y la puesta en marcha, creo que muchas personas no nos imaginamos el tamaño, el alcance y el cambio de enfoque evangelizador que este anuncio significaría.

Para la construcción del Plan se definieron cuatro pasos así: 1.Configuración del futuro deseado, 2. Mirada a la realidad presente, 3. Confrontación del futuro ideal  frente a la realidad presente y 4. Definición del camino.
La primera sorpresa que vivimos todos los fieles de la Arquidiócesis, en el abordaje de este proceso, fue la adopción de una metodología de planeación prospectiva-estratégica, que en honor a la verdad, no recuerdo que se haya vivido alguna vez en la Iglesia para fines de evangelización. El valor agregado de esta metodología, respecto de todas las experiencias anteriores, fue la de efectuar una consulta directa al Pueblo de Dios, mediante la realización de cerca de 800 talleres, que realizados en todas las parroquias de Bogotá, con la participación de fieles de todas las edades, ocupaciones y actividades, se les preguntó sus opiniones y sugerencias acerca del presente y futuro tanto de la ciudad, como de la Iglesia Católica en su misión y realidad. Esto permitió construir un consenso sobre los hechos significativos que están afectando, positiva o negativamente el presente de nuestra sociedad urbana y de nuestra Iglesia Arquidiocesana. En palabras más escuetas: por primera vez se le consultó previamente a los fieles cercanos y alejados, su opinión y sus aportes para la construcción de la evangelización.

Esto fue y continúa siendo muy significativo, si se toma en cuenta que con anterioridad, los planes de evangelización eran concebidos por la jerarquía eclesiástica, sin consulta alguna al pueblo –destinatario directo de tal acción- y se hacían los envíos formales a misión, asumiendo que el mensaje, el contexto, los receptores y los efectos de tal envío ya eran conocidos y no requerían trabajo de reflexión adicional alguna para su buen recibo. Quizá los tiempos pasados permitieron esto por sus características menos cambiantes respecto de la realidad actual.

En la metodología de planeación prospectiva hay unos supuestos básicos, que al adoptarla, le dieron nuevas luces a la construcción de este Plan de Evangelización. Algunos de ellos son los siguientes:

·         La sociedad vive un proceso de cambio permanente en todos los aspectos que la caracterizan. La educación, el trabajo, la tecnología, las relaciones interpersonales y colectivas son hoy diferentes a las de ayer. Las concepciones del mundo en sus diferentes interrelaciones han cambiado. La percepción de Dios, de la Iglesia, de la moral, de la responsabilidad social y del cuidado o abandono de la naturaleza se han transformado.
·         Como se reconoce un cambio, se considera igualmente que la ejecución de un nuevo plan puede conducir a diferentes posibles realidades, dependiendo de los cambios del entorno. Esas posibles realidades se les identifica en esta metodología como escenarios. En el ámbito empresarial, los agentes de planeación establecen como mínimo tres escenarios: uno positivo con grandes resultados, otro de efectos positivos moderados y uno más, identificado como pesimista, para cuando la ejecución del plan no da los efectos esperados. Es decir, la planeación prospectiva por escenarios es más flexible a los cambios del entorno.
·         En la planeación prospectiva hay la posibilidad de efectuar cambios o ajustes de dirección a la ejecución de los planes. Esto permitirá que el Plan de Evangelización pueda ser retroalimentado en la marcha y afinar su ejecución, enderezando el rumbo cuando haya cualquier desvío por pequeño que sea en los escenarios proyectados.
·         Los ejecutores del Plan –la Iglesia en su conjunto: obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos y laicos- debe hacer una lectura permanente del entorno, durante la ejecución del plan, para adaptar su mensaje a las necesidades y cambios del mismo. En los destinatarios de la misión nada se da por establecido, todo puede estar sujeto a cambios que faciliten la transmisión y recepción del mensaje.
El pasado 19 de mayo, con ocasión de la celebración de Pentecostés y los 450 años de la Arquidiócesis de Bogotá, Monseñor Rubén Salazar, presentó el documento oficial del Plan de Evangelización 2013 a 2022, “Sal de la tierra y luz del mundo”, con el propósito de pasar de una pastoral de conservación a una presencia y acción evangelizadora decididamente misionera.

 
El nuevo paradigma contenido en este Plan es “salir al encuentro de Dios que habita en nuestra ciudad y municipios”, que modifica el planteamiento de antaño según el cual, el misionero llevaba a Dios consigo y lo presentaba a quien recibía el mensaje. Así, la ciudad no es destinataria sino interlocutora y campo de diálogo salvífico de la evangelización. Dice el documento: “nos urge salir al encuentro de Dios, para descubrirlo, acompañarlo en su crecimiento y encarnar el fermento de su Palabra en obras concretas”.
La actitud central de la Iglesia, el documento la formula así: “Interpelados por la realidad que vive la ciudad, ante la cual el Señor Jesucristo y su Reino se constituyen en esperanza de salvación, como enviados del Señor, portadores de una buena noticia de vida verdadera, de humanidad auténtica, queremos hacernos prójimo de nuestros hermanos e instrumentos de su misericordia y comunión”.

La ejecución de este Plan parte desde una reafirmación de nuestra conversión para salir al encuentro de Dios en la ciudad, hacernos compañeros de camino para testimoniar y anunciar el Evangelio, a aquellos que buscan nuevas expresiones para su vida de fe, poner en diálogo la razón y la fe, la ciencia y la vida. Se trata de acoger el amor de Dios, para comunicarlo mediante la vivencia del mismo con y en los demás.
Llegó el momento en que Obispos, sacerdotes, religiosos y laicos vivamos una Iglesia “extramural”, en la que encontremos a Dios no sólo en el sagrario de los templos, sino en la vida cotidiana en la calle, en el trabajo, en el parque y en los centros de educación. Me viene a la memoria el testimonio de adoración Eucarística dado por el Padre Eusebio Menard (fundador de los Misioneros de los Santos Apóstoles) cuando un día en New York invita un grupo de compañeros del Seminario a “hacer una visita al Santísimo Sacramento” y los puso frente a un hombre mal vestido y sucio, abandonado en la calle, a quien el  Padre Menard invita a tomar un café y a dialogar amablemente con él, ante el asombro de sus compañeros. Cuando el hombre le pregunta al Padre por qué hace eso con él, le responde: “estoy viviendo mi hora de adoración porque tú eres el Templo de Dios y en ti se encuentra un lugar de presencia tan hermoso y grande como lo que se vive en la Eucaristía” En ese momento el hombre se puso a llorar con profusión de lágrimas.

Se hace necesario salir a la intemperie para hallar a Dios en los demás, compartir con ellos nuestro propio testimonio de fe, acompañarlos en su discernimiento y sobre todo, aprender a amarlos. El camino ciertamente es retador, pero es igualmente esperanzador.  Me adhiero a la invitación de Monseñor Salazar al final de su documento: “Rememos mar adentro! Que el renovado encuentro personal y comunitario con Cristo nos ayude a hacer del ideal futuro la fuerza que nos una y comprometa, nos ayude a hacer del nuevo paradigma de evangelización el estilo propio de vida que nos acerca hacia el ideal, y nos ayude a recorrer juntos el itinerario propuesto para dejar de hacer una pastoral de conservación y asumir una acción evangelizadora decididamente misionera en medio de nuestras circunstancias actuales”.