lunes, 20 de junio de 2016

La masacre en Orlando y la Ley del mar y la ola - Primera parte

Por: Fray Nelson Medina O.P.

El discurso políticamente correcto, con motivo de la masacre del sábado 11 de junio de 2016 en la ciudad de Orlando, Florida, va más o menos de la siguiente forma:
Estamos frente a un ataque homófono que demuestra hasta dónde son profundas las raíces de la intolerancia en tantas partes. Mientras enviamos un saludo de condolencia a los heridos y a las familias de las víctimas, debemos asegurarnos de hacer más difícil el acceso a las armas, debemos mejorar nuestros servicios de inteligencia antiterrorista y sobre todo debemos insistir por todos los medios en la construcción de una sociedad incluyente en la que estos actos resulten imposibles. Ello supone inculcar a todos, desde la más temprana edad, el mensaje de la tolerancia hacia todas las orientaciones sexuales, y supone castigar duramente todo discurso homófono, venga de donde venga, con especial atención a las religiones, y sobre todo al cristianismo.
Tal es el mensaje que, con algunos adornos de más o de menos, han enviado los líderes que el mundo padece actualmente, incluyendo a la reina Isabel II, David Cameron, Francois Hollande, y por supuesto Barack Obama. Las naciones se unen para “pagar tributo,” como si se tratara de héroes, a las víctimas del espantoso crimen que segó sus vidas el pasado 11 de junio. De modo que en la zona exclusiva de Soho, en Londres, se observa con piedad laicizada un minuto de silencio; la torre Eiffel se viste del secuestrado arco iris, en Sídney se celebra un secularizada vigilia por las víctimas, y así sucesivamente.
Por supuesto, la irracionalidad y brutalidad de una matanza semejante están fuera de cuestionamiento. Nada puede justificar un acto de agresión que alcanza a acercarse a lo que se hace con tantos fetos humanos antes de nacer. Se trata de un crimen perpetrado y realizado con frialdad, crueldad y altísima sevicia que despierta indignación, asco y repulsa en todos. Eso está claro.
Quien desee quedarse con la versión políticamente correcta, puede parar aquí su lectura. El que quiera seguir, que lo haga asumiendo el riesgo de leer cosas que le pueden cuestionar.



Asumo que si Usted siguió leyendo lo hizo bajo su responsabilidad.
Quiero referirme aquí a la teoría del mar y la ola, que con otros nombres puede ser conocida en otras partes. Es una teoría fundamentalmente propia de la estadística, de los resultados aleatorios y de la distribución normal descrita en la “campana de Gauss.” No tiene que ver con homofobias, homofilias o islamismo radical pero ciertamente ayuda a entender los fenómenos de radicalización y su prevención real. Se puede aplicar a las acciones extremas propias del arte, la política o los medios de comunicación, con pocas variantes.
La idea fundamental es esta: si estamos frente a un mar encrespado las crestas de las olas y los “valles” entre las olas alcanzarán distintas alturas, las primeras por encima y las segundas por debajo de lo que sería el mar en calma.
Dos cosas hay que observar aquí:
(1) Cuanto más altas son las olas, más profundos son los valles. Traducido: toda radicalización engendra la radicalización contraria y en cierto modo la alimenta.
(2) Cuanto más agitado esté el mar, mayores serán tanto las olas como los valles entre ellas. Si el mar está excesivamente agitado veremos actos de particular brutalidad y crueldad. No sabemos en dónde se levantará esa ola gigantesca pero sí sabemos que sucederá.
Sobre esta mínima base teórica uno puede intentar aplicaciones a la realidad social. Pero hay aplicaciones superficiales y aplicaciones más profundas.
Una aplicación superficial es la de la tolerancia “liviana” (light) que considera que todo consiste en que nadie condene a nadie, o que nadie se meta con nadie. El engaño aquí es creer que el lema “viva y deje vivir” aquieta los mares, impide el surgimiento de extremismos, y por consiguiente es un recurso eficaz contra los terroristas.
Lo que no ve la tolerancia light, que es la que tristemente caracteriza cada vez más a la sociedad occidental, es que para hacer aceptable su mensaje estos tolerantes son espantosos dictadores. Por ejemplo: para quitar de en medio al cristianismo, que con su mensaje moral es un obstáculo para la ideología de género, se multiplican los mensajes cristianófobos, con burlas a la Cruz, a la Virgen, o a la Eucaristía.
Otro ejemplo: para inculcar su “tolerancia” en las escuelas, los adalides de esta ideología proponen que los niños y niñas se vean expuestos desde la más tierna edad a las expresiones homosexuales, transexuales y bisexuales, con amplio material gráfico y abiertas invitaciones a pasar de lo teórico a lo práctico (¿recuerdan la escuela en Bélgica que simuló el matrimonio de dos niños varones?).
Otro ejemplo: para predicar esta “tolerancia” hay que encarcelar al Cardenal Cañizares porque se ha atrevido a predicar lo que dice el Nuevo Testamento.
Otro ejemplo: para que la “tolerancia” sea ciudadana, hay que llenar de espectáculos homosexuales y de travestis toda una ciudad, incluyendo barrios residenciales, de modo que los papás que no están de acuerdo con este modo de pensar deben irse de sus casas ese día o dejar que sus hijos vean lo que los papás consideran simplemente burdo, grotesco y vulgar. Pero los sentimientos de esos papás no importan. Estamos imponiendo tolerancia y los que no estén de acuerdo han de ser castigados sin tolerancia alguna.
Uno se da cuenta que la tolerancia “light” de “viva y deje vivir” significa simplemente que un grupo se arroga ser dueño de la verdad y desde su alta cátedra vocifera: vamos a imponer lo que nosotros creemos que debe ser la sociedad y nos burlaremos, humillaremos, señalaremos, amordazaremos, acusaremos y perseguiremos a los que no estén de acuerdo con nosotros.

Es terriblemente decepcionante intentar un diálogo con los detentores de la verdad propia del pensamiento único actual: lo único que se logra es un chorro de insultos, de los cuales los tres más leves y todavía publicables son: Homófobo, inquisidor y medieval. Es lo único que sale de la tolerancia “light.”