sábado, 14 de febrero de 2015

El Sacramento de la Reconciliación


Es instituido por Cristo: “Entonces les dijo Jesús otra vez: Paz a vosotros; como me envió el Padre, así también Yo os envío. Y como hubo dicho esto, les sopló y díjoles: tomad el Espíritu Santo; a los que perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes los retuviéreis les serán retenidos” (Juan 20 21-23).

Se le denomina sacramento de la conversión porque realiza sacramentalmente la llamada de Jesús a la conversión, la vuelta al Padre del que el hombre se había alejado por el pecado.

Se denomina sacramento de la penitencia porque consagra un proceso personal y eclesial de conversión, de arrepentimiento y preparación, por parte del cristiano pecador.

Es igualmente, llamado sacramento de la confesión, porque la declaración o manifestación, la confesión de los pecados ante el sacerdote, es un elemento esencial de este sacramento.

Se le llama sacramento del perdón porque, por la absolución sacramental del sacerdote, Dios concede al penitente “el perdón y la paz”.

Así mismo, se le denomina sacramento de reconciliación, porque otorga al pecador el amor de Dios que reconcilia: “Dejaos reconciliar con Dios” (2 Cor 5, 20). El que vive del amor misericordioso de Dios está pronto a responder a la llamada del Señor: “Ve primero a reconciliarte con tu hermano” (Mt 5, 24).

Para realizar una buena confesión es necesario hacer:

1.       EXAMEN DE CONCIENCIA: Es recordar todos los pecados y faltas cometidas desde la última confesión bien hecha, a la luz de los mandamientos de Dios y la Santa madre Iglesia.
2.       CONTRICIÓN DE CORAZÓN: Es un dolor del alma y una detestación del pecado cometido, con la resolución de no volver a pecar. Un sentimiento o pesar sobrenatural de haber ofendido a Dios como respuesta a la vida y a los favores recibidos. Recuerda los dolores y sufrimientos que Jesús padeció en su pasión y muerte por tus pecados.
3.       PROPÓSITO DE LA ENMIENDA: Es una firme resolución de no volver a pecar. Tenemos verdadero propósito de la enmienda cuando estamos dispuestos a poner los medios necesarios para evitar el pecado y huir de las ocasiones de pecar.
4.       CONFESIÓN DE BOCA: El que quiere obtener la reconciliación con Dios y con la Iglesia debe confesar al sacerdote todos los pecados graves, que no ha confesado aún y de los que se acuerde tras examinar cuidadosamente su conciencia. La confesión de las faltas veniales está recomendada vivamente por la Iglesia, pues ayuda a formar la conciencia, a luchar contra las malas inclinaciones, a dejarse curar por Cristo, y a progresar en la vida del Espíritu. El que calla a sabiendas un pecado mortal comete un grave sacrilegio, y no se le perdonan los pecados confesados.
5.       SATISFACCIÓN DE OBRA: Es cumplir con lo que manda el confesor. Éste impone al penitente el cumplimiento de ciertos actos de satisfacción o de penitencia, para reparar el daño causado por el pecado y restablecer los hábitos propios del discípulo de Cristo. (Puedes revisar para realizar las 14 obras de misericordia).

Mandamientos de la Santa Madre Iglesia Católica:

Según el Catecismo de la Iglesia Católica #2041-2043
Los mandamientos de la Iglesia se sitúan en la línea de una vida moral referida a la vida litúrgica y que se alimenta de ella. El carácter obligatorio de estas leyes positivas promulgadas por la autoridad eclesiástica tiene por fin garantizar a los fieles el mínimo indispensable en el espíritu de oración y en el esfuerzo moral, en el crecimiento del amor de Dios y del prójimo. Los mandamientos más generales de la Santa Madre Iglesia son cinco:
El primer mandamiento (oír misa entera los domingos y fiestas de precepto) exige a los fieles participar en la celebración eucarística, en la que se reúne la comunidad cristiana, el día en que conmemora la Resurrección del Señor, y en aquellas principales fiestas litúrgicas que conmemoran los misterios del Señor, la Virgen María y los santos. 
El segundo mandamiento (confesar los pecados mortales al menos una vez al año, y en peligro de muerte, y si se ha de comulgar) asegura la preparación para la Eucaristía mediante la recepción del sacramento de la Reconciliación, que continúa la obra de conversión y de perdón del Bautismo.
El tercer mandamiento (comulgar por Pascua de Resurrección) garantiza un mínimo en la recepción del Cuerpo y la Sangre del Señor en relación con el tiempo de Pascua, origen y centro de la liturgia cristiana.
El cuarto mandamiento (ayunar y practicar la abstinencia) asegura los tiempos de ascesis y de penitencia que nos preparan para las fiestas litúrgicas; contribuyen a hacernos adquirir el dominio sobre nuestros instintos y la libertad del corazón.

El quinto mandamiento (ayudar a la Iglesia en sus necesidades) señala la obligación de ayudar, cada uno según su capacidad, a subvencionar las necesidades materiales de la Iglesia.