martes, 19 de febrero de 2013

El Sacramento de la Reconciliación

En el Evangelio de San Lucas, leemos que cuando Jesús fue presentado en el Templo a los 40 días de nacido, el anciano Simeón, tomándolo en sus brazos dijo: "Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel y para ser señal de contradicción". (Lc.2,34)  Si hay algo en el mundo en que se cumpla esta extraña profecía, es respecto al Sacramento de la Reconciliación practicado fielmente en la Iglesia Católica y rechazado airadamente por sus enemigos y cristianos ignorantes.

 
En el presente estudio trataremos de mostrar la grandeza del Sacramento de la Reconciliación, con la esperanza de aclarar las dudas que en cristianos de buena voluntad, hayan surgido ante el asedio de aquellos que por orgullo o ignorancia, hayan caído en contradicción con Cristo el Señor.

¿QUÉ SON LOS SACRAMENTOS?

Antes de tratar el Sacramento de la Reconciliación en particular, es preciso definir someramente qué son en general los Sacramentos. El Nuevo Catecismo de la Iglesia Católica, a partir del número 1113, trata el tema con belleza, profundidad y amplitud. Recomendamos su lectura. "Los Sacramentos están ordenados a la santificación de los hombres, a la edificación del Cuerpo de Cristo y, en definitiva, a dar culto a Dios".

El Sacramento del Perdón.

San Juan Evangelista nos relata cómo el mismo día de la Resurrección de Jesucristo, al atardecer "estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: 'La paz con vosotros'. Dicho esto les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: 'La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también Yo os envío'. Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: 'Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retuviereis, les quedarán retenidos". (Jn.20,19-23)

Es impresionante el hecho de que lo primero que Nuestro Señor hace una vez resucitado, es conferir a sus Apóstoles el poder de perdonar los pecados. Bien sabe Jesús de qué barro tan frágil estamos hechos y la necesidad que tenemos de restaurar la Gracia bautismal perdida por el pecado mortal.

Sólo Dios perdona los pecados.

El Evangelio de San Marcos nos refiere la ocasión en que a Jesús le presentan un paralítico bajándolo por entre las tejas del techo, en una camilla. Viendo Nuestro Señor la fe de aquellas personas, le dijo al paralítico: "Hijo, tus pecados te son perdonados". Con toda razón los escribas presentes pensaron que Jesús blasfemaba porque "¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios?" Pero el Señor, para demostrar su divinidad y el poder que tiene para ello, cura inmediatamente al paralítico, que sale sano y perdonado a la vista de todos. (Mc.2,1-12).

Pero la voluntad de Dios no es tan solo perdonar al pecador arrepentido, sino el delegar este poder divino a los sacerdotes, desde el mismo día de su gloriosa Resurrección. (Jn. 20,21-23) Así la Iglesia viene a ser el signo e instrumento del perdón y reconciliación que Cristo nos adquirió al precio de su Sangre. San Pablo se sabe enviado por Cristo para ejercer "ministerio de la reconciliación" (2 Cor. 5,18).

Al hacer partícipes a los apóstoles de su propio poder de perdonar los pecados, el Señor les da también la autoridad de reconciliar a los pecadores con la Iglesia. El poder de "atar y desatar" que Cristo confiere solamente a San Pedro (Mt.1 6,19) como cabeza visible de la Iglesia, significa el poder excluir o aceptar de nuevo al pecador de la comunión con la iglesia ... La reconciliación con la Iglesia, es inseparable de la reconciliación con ¡Dios!.

LA PRÁCTICA DE LA RECONCILIACIÓN

Contrición.

En la Parábola del Hijo Pródigo (Lc.15,1 1-24) encontrarnos todo el proceso de la Reconciliación. Aquel muchacho no pensó en volver a la casa de su padre, hasta que tomó conciencia de su lamentable estado. Igualmente el pecador no iniciará su vuelta a Dios, sino hasta caer en cuenta de que está en pecado. De pronto, debido sin duda a una inspiración del Espíritu Santo, su conciencia le acusa y se arrepiente de haber pecado. El arrepentimiento, también llamado contrición o dolor de los pecados, puede surgir por el simple fracaso humano, que el pecado conlleva en muchas ocasiones.  Podemos arrepentirnos al descubrir la grandeza del amor de Dios y sentir horror por el pecado que ha derramado la Sangre Preciosa de Cristo. Surge también el temor de vernos separados de Dios por nuestros pecados. El retorno a Dios por amor, es una contrición perfecta.

Examen de conciencia.

A la luz de la Palabra de Dios el penitente descubre el número y la gravedad de sus pecados. No tan solo al recordar los 10 Mandamientos de la Ley de Dios y los 5 de la Iglesia, sino al considerar el Sermón de la Montaña y textos apostólicos (Rm. 1 2-15; 1 Cor. 12-13; Gál.5; Ef.4-6)

En esta etapa podemos encontrar conciencias equivocadas por falta de formación: desde aquel que no se descubre ninguna falta "porque no roba ni mata", hasta el escrupuloso que agranda nimiedades y más confía en la minuciosa y exacta investigación de sus pecados, que en la misericordia del Dios que le espera con los brazos abiertos. Tanto la conciencia laxa, como la escrupulosa, deben ser orientadas por el confesor con toda firmeza.

Propósito de enmienda.

Una auténtica Contrición, conlleva necesariamente el firme propósito de no volver a pecar. Sería una farsa pedir perdón por un pecado que estamos decididos a seguir cometiendo. El propósito debe ser universal, es decir de todos los pecados y perpetuo, o sea, para toda la vida. Absurdo sería arrepentirse de unos sí y de otros no, o hacer un propósito "hasta tal o cual día".

El propósito de enmienda, por firme que sea, va sin embargo acompañado de una posible reincidencia, nacida de la debilidad humana. Es por eso que en el Acto de Contrición prometernos "apartarnos de las ocasiones próximas de pecado". El que ama el peligro, en él perece, dice el dicho popular. Por triste experiencia, se sabe de lugares, personas y cosas que nos inducen a pecar.  En cuántas ocasiones es el ambiente el que nos induce al pecado: el propósito de enmienda sincero, tal vez nos obligue a dejar ciertos "amigos", lugares y circunstancias que harían naufragar nuestros mejores propósitos. Cuestión de vida o muerte eterna.

Confesión de los pecados.

La confesión de los pecados, incluso desde un punto de vista simplemente humano, nos libera y facilita nuestra reconciliación con Dios, con el prójimo, y con nosotros mismos. Por la confesión, el hombre se enfrenta a los pecados de que se siente culpable, asume su responsabilidad y por ello se abre de nuevo a Dios y a la comunión de la Iglesia con el fin de hacer posible un nuevo futuro.

La confesión de los pecados hecha al sacerdote, construye una parte esencial del Sacramento de la Reconciliación. 'En la Confesión, los penitentes deben enumerar todos los pecados mortales de que tienen conciencia después de haberse examinado seriamente, incluso si estos pecados son muy secretos y si han sido cometidos solamente contra los dos últimos Mandamientos del Decálogo, pues a veces estos pecados hieren más gravemente el alma y son más peligrosos que los que han sido cometidos a la vista de todos" (Concilio de Trento).

Callar conscientemente algunos pecados, tal vez los más graves, es evidencia de que no se está presentando ante el sacerdote con ánimo de ser perdonado. San Jerónimo dice acertadamente "si el enfermo se avergüenza de descubrir su llaga al médico, la medicina no cura lo que ignora". Esta clase de confesiones incompletas voluntariamente, no obtienen el perdón de nada y añaden además un pecado de sacrilegio, por profanar un Sacramento.

Según el Mandamiento de la iglesia "todo fiel llegado a la edad del uso de razón, debe confesar al menos una vez al año, los pecados graves de que tiene conciencia" (Derecho Canónico 989).

 
Evidentemente, aquél que se encuentra en pecado mortal, no puede acercarse a la Sagrada Comunión. San Pablo nos advierte fuertemente en contra de tal atrevimiento- "Por tanto, quien coma el pan o beba el cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y Sangre del Señor. Examínese pues, cada cual, y coma así el pan, y beba el cáliz. Pues quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propio castigo" (1 Cor. 1 1,27-29)

La Satisfacción o Penitencia

Muchos pecados causan daño al prójimo. Es preciso hacer lo posible para repararlo (por ejemplo, restitución de cosas robadas, restablecer la reputación del que ha sido calumniado, compensar las heridas, etc.) la simple justicia exige esto. Pero además el pecado hiere y debilita al pecador mismo, así como sus relaciones con Dios y con el prójimo. La absolución quita el pecado, pero no remedia todos los desórdenes que el pecado causó.

Liberado del pecado, el pecador debe todavía recobrar la plena salud espiritual. Por lo tanto debe hacer algo para reparar sus pecados: debe "satisfacer" de manera apropiada, debe "expiar" sus malas acciones.  

Tomado de documento con igual título del R.P. Pedro Herrasti, S.M.